Fernando

Fernando Miguel

Cuando por fin pude parar aquel 15 de marzo de 2020, cuando por fin pude cerrar los ojos, de lo primero que me di cuenta fue de que dentro de poco no seremos ni olvido, que las semanas, los meses, los años corren rápido y de que como dice la canción de Pata Negra, pasa la vida. Caí en que el ritmo frenético en el que el capitalismo nos ha metido no nos/me deja disfrutar de los días. Y esto me jodió profundamente.

Durante estos casi dos meses he estado más conectado conmigo mismo de lo que había estado en estos últimos años, y me va a costar salir del confinamiento mucho más de lo que me supuso entrar. Y sé que pese a las muertes y al dolor, siempre extrañaré estos días porque me sirvieron para apropiarme de mi soledad. ¡Qué mal nos llevamos a veces con nosotros mismos cuando la vida no es más que un cúmulo de soledades compartidas!

Por otro lado, para mí los procesos terapéuticos son políticos porque repercuten no solo en nuestras vida sino también en la de la gente que nos rodea y por ende en la sociedad. Buscamos la empatía, la justicia, la responsabilidad, y a la postre creo que como decía el Nobel de literatura portugués José Saramago: “El último acto revolucionario contra una sociedad enferma es la bondad”. Pese a todo el ruido mediático que nos ha acompañado desde aquel fin de semana de marzo, me siento un poquito más empático y un poco más humilde, diría que mejor persona. Ha habido algunos momentos también que no me he aguantado ni yo.

Me ha dado tiempo de mirar atrás, a veces con pena por los errores cometidos y por las veces que hice daño, a veces con una media sonrisa por recordarme cuando era mucho más joven y mucho más ingenuo. La sombra que pude atravesar es parte de la luz que puedo encontrar dentro de mí.

Somos hijos de la Madre, la Tierra. A veces miramos al cielo con los brazos extendidos y nos perdemos la maravilla que pisa nuestros pies. Me ha gustado ver que los animales volvían a lugares ocupados normalmente por los humanos, que los cielos de las ciudades estaban menos grises, que el agua corría aquellos días que llovió tanto…

Pero sobre todo he sentido mi corazón, ese lugar que durante muchos años fue una roca volcánica y que ahora late y me dice cosas al oído.

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