mundo del reves

Maternidad confinada

Cuando ya empezaba de nuevo a salir a la vida real; recuperándome del postparto, haciéndonos mi hija y yo la una a  la otra, aprendiendo a mirar el mundo juntas, cada una a través de los ojos de la otra, en ese momento, volvimos a  encerrarnos. El inicio del confinamiento auguraba un ambiente ansioso en casa, con la sensación de venir ya de cierto encierro, lo anticipaba como eterno, solitario y oscuro. Pero no sé si la maternidad o la pandemia han llegado para enseñarme a confiar, en que siempre hay lugar para la sorpresa, incluso de mí misma.

Los días van pasando con rapidez y facilidad, apenas me entero si no fuera porque mi hija va cumpliendo 3, 4, 5 meses. Meses que hemos puesto a nuestro favor y los hemos ganado en apego, en unión y en un piel con piel que se alarga horas y días, y del que disfrutamos los tres que ahora formamos esta familia. El inicio de la pandemia es complicado, el miedo me sigue los pasos y me resulta muy difícil no compartir el crecimiento de mi hija con el resto de la familia, de su tribu. Me cuesta especialmente la idea de no salir en un tiempo sin límite claro, reconozco que no soy muy amiga de estar en casa. Pasan los días y parece que todo lo que existe en el mundo esté dentro de nuestro piso, para mi hija es exactamente así. Todo su mundo entre estas paredes, no echa de menos nada, para ella esto es más que suficiente, es feliz en el momento presente. Por muchos años que lleve aprendiendo esta lección, va calando en mi gracias a ella, solo me ayuda a sobrellevar esto el Aquí y el Ahora; respirar, mirarnos y saber que hoy todo sigue bien. Escucho la angustia de algunos pacientes en torno al miedo al fin del mundo, a la muerte, a la desesperanza, y corro el riesgo de que esa angustia me agarre. Pienso en los pocos meses de mi niña, respiro profundo y elijo confiar, “renacer” si es necesario.

En muchos momentos en estas semanas he recordado mi parto, esa sensación de como la vida se abre camino, y como contrasta ahora con la oscuridad que nos rodea, con la muerte tan presente, con la soledad y la enfermedad. De repente el virus se acerca a mi entorno, amenazando y aterrorizando como nunca, sacándome de mi ensimismamiento de crianza con apego, recordándome que la vida también es esto y que por eso la temía. Y de nuevo me enseña, que hasta en lo más inesperado, la vida se puede abrir camino, y sobre todo que hay mucha gente respirando contigo y por ti si hace falta, que las personas que te rodean pueden ser tus ángeles de la guarda, que tiran del carro como sea.

Tantas lecciones terapéuticas tomando forma y cuerpo en estos días, cuanto agradezco ahora todo mi trabajo personal, ser consciente de quien soy, me ha permitido no perderme en estos abismos. Cuanta polaridad; el mundo y las personas enseñando sus peores caras, las egoístas, irresponsables y ciegas, y a la vez muchas otras que muestran lo más hermoso que llevamos dentro. Un virus invisible nos amenaza, y a la vez la naturaleza se abre paso reconquistando lo que era suyo. Y yo, soy testigo del sufrimiento, el dolor y la pérdida, y a la vez escucho los grititos de vida llenando mi casa, sonrío y siento una felicidad plena, también lloro y me aterrorizo. Toca coger fuerzas una y otra vez, para enseñarle a mi pequeña lo que es la vida, salir al mundo con ella y que no nos coma la inseguridad. También confío en ella, en toda la fuerza que me enseñó al nacer y quiero que vea lo que es el mundo, la vida con todo lo que hay. Que precisamente eso, confiar, es lo que nos queda, aunque sea una lección difícil.

Según escribo esto pienso en todos los que han sufrido y perdido con esta pandemia, en todas las personas asustadas y golpeadas por este virus, y se me encoge el corazón dentro del pecho al sentir que esto es mucho pedir, me hago cargo, y os acompaño. Os ayudo a respirar como me han ayudado en estos días.

A todos vosotros os dedico a José Hierro:

“Llegué por el dolor a la alegría,

 supe por el dolor que el alma existe.

Por el dolor, allá en mi reino triste,

un misterioso sol amenaza”.

No hay luces sin sombras, no hay crecimiento sin crisis, solo deseo que en la próxima no nos vaya la vida en ello de esta manera tan cruda. Es hora de salir de muestro cascarón, cuidémonos en el proceso, la luz puede cegarnos, eso es que estamos vivos.

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