mundo del reves

La nieve: Flashback de un confinamiento neurótico

Sabiendo lo centralista que es escribir sobre Madriz, no puedo sino hablar de mi experiencia situada.

Me levanté el sábado consciente de pasar el día en casa: por guardar mi calor, evitar problemas en las calles y aprovechar el día libre para ver pelis envuelta en mi manta polar.

Así, comencé con el placer del desayuno y una película matutina, nada intensa, para disfrutar de lo cotidiano. Mientras, miraba por la venta a la gente jugando, miraba las fotos que me enviaba mi padre de mi madre jugando a tirarse nieve con su buena amiga. Y disfrutaba de verlo desde el calor de la cama.

Llegué a la tarde con una sensación más densa. Mi familia está en un proceso de cuidados que revelan lo insano del sistema. La neurosis de cada cual y las dificultades por acceder a algo más limpio. Menos mi núcleo familiar, me repito, que somos los que mejor estamos tras muchos años de dolor y transformación. Hablo con mi hermana, que ahora está en un lugar protector pero invadida por la fragilidad del 2020 en toda su amplitud: lo personal, lo laboral precarizado, lo existencial. Me asusto y se me pasa después de hacer unos pactos. Pero me quedo triste y en la sombra.

Me sube entonces una tristeza muy grande. Empiezo a valorar el día y me doy cuenta de cómo se han reproducido los mecanismos neuróticos debido a este confinamiento de sábado. Mi compi tiene miedo, aún no lo sabe, y reacciona a su modo. Es decir, mira por la ventana y se queja de la irresponsabilidad de las personas que disfrutan de la nieve. Farfulla durante el día sobre las normas y la resignación del deber quedarse en casa. Tiene también muy buenas ideas de supervivencia, como llenar dos cacerolas con agua por si se congelan las tuberías, comprar alimentos básicos a primera hora de la mañana o pensar en construir una pala para quitar nieve. Y yo, en todo esto, me adapto. Me adapto desde la idea de parar y ver pelis, desde asumir la contención fruto del miedo de mi compi. Hasta que toco con la tristeza. Le hablo de esto, que es un punto de desencuentro en nuestra relación. Y por fin asume su miedo y me dice: “yo no voy a salir a la calle pero sal tú. No entiendo por qué me sacas este tema, estás triste por otra cosa”. Es su sabiduría que me devuelve a mí, siento un flashback al confinamiento de marzo, al miedo de lo que está pasando y puede pasar, también a las dificultades para salir simplemente a dar un paseo, ver gente querida o viajar.

Este año lo comencé con planes para viajar por el estado. Y de nuevo la imposibilidad, el aislamiento, la contención. Pensar que mi madre jugaba y yo me encerraba en mi habitación. Lloré un rato en la cama, ya me daba igual lo que trajera la tristeza pero me di cuenta de que cierta contención me estaba haciendo sentir mal. Y esto me liberó. Salí a dar un mini paseo con la excusa de ver cómo se encontraba de nevado mi coche colectivizado. Hice fotos aprovechando que tenía un móvil moderno, me hice incluso un selfi mientras gestionaba el tema guantes.

Dormí a gusto por mi parte, jodida por pensar en las personas que habitan la Cañada Real y llevan tres meses sin luz. Es un asco esta parte de la realidad.

A la mañana siguiente pactamos salir de casa para quitar la nieve. Recontacté con lo humano más tierno: gente cuidando sus lugares, colaborando y charlando en lo cotidiano desde el apoyo mutuo. Aproveché para picar hielo mientras decía “liberemos los pasos de peatonxs”. Para sacar la rabia de esa contención a la vez que cuidaba nuestro espacio. Aún quiero repetir esto, sacarme el confinamiento neurótico de dentro.

Tengo muy claro quiénes no nos cuidan, incluso, desean que desaparezcamos. Y quiénes resistimos como podemos desde una belleza vital.